viernes, 22 de febrero de 2013

Baja tecnología al rescate

Hoy compré una agenda. Una de esas antigüedades con pasta elegante de imitación-piel, hecha para ser usada sólo durante el año 2013 y nunca más. Justo en los tiempos en que casi todas mis lecturas son en formato electrónico, mi interacción social está anclada a la red y mis memorias esparcidas en la nube.

No obstante, tener una agenda es algo totalmente nuevo para mí. Eso de ser gente ordenada nunca ha sido muy mío, y en esta etapa de mi vida no hay excepción. Me acostumbraré. Es cuestión de recolectar anotaciones vagabundas donde habitan notas casi ilegibles, retazos de ideas con fecha futura en notepad y evernote, alguna que otra cosa que todavía le confío a mi memoria cerebral, asuntos de trabajo, fijar fechas de proyectos, etcétera.

Ahora es cuando me veo en la necesidad ontológica de planear con mi voluntad. Y, ¿qué hago? Me compro una agenda en papel. Se puede tocar, la tinta tarda unos instantes en secarse totalmente, se puede romper, se puede mojar, puede guardar olores y pequeños insectos entre sus páginas. Se parece más a algo real.

Ya mero termina febrero, por lo que me quedan los dos primeros meses libres para hacer garabatos, anotaciones dispersas -que luego colocaré en un lugar adecuado.

Dormiré hoy  un poco mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario